Quién soy
Fotógrafo aficionado – profesional – aficionado. Tres etapas que, vistas con la perspectiva del tiempo, parecen describir no solo una trayectoria en la fotografía, sino también una forma de vivir y de mirar el mundo. Cada una tuvo su ritmo, sus desafíos y sus momentos luminosos. Hubo una época de descubrimiento y entusiasmo, otra de compromiso, trabajo y disciplina, y ahora una tercera que vuelve, de alguna manera, al origen: fotografiar por el simple placer de mirar.
En los primeros años todo era asombro. La cámara era una llave que abría puertas invisibles: la posibilidad de detener el tiempo, de conservar un instante que de otro modo se perdería para siempre. Cada imagen era un pequeño hallazgo, una forma de aprender a observar con más atención la luz, los gestos, los silencios de los lugares y de las personas.
Después vino la etapa profesional. La fotografía se convirtió en oficio, responsabilidad y dedicación absoluta. Hubo proyectos, encargos, largas jornadas y el constante esfuerzo por alcanzar una mirada más precisa. Fue un tiempo de crecimiento y de aprendizaje profundo, en el que la técnica y la sensibilidad caminaron juntas. También fue una época llena de satisfacciones: la oportunidad de contar historias, de crear imágenes que viajarían más allá del momento en que fueron tomadas.
Y ahora, con los años y la experiencia acumulada, la fotografía vuelve a ser algo íntimo. Ya no hay prisa ni presión. La cámara acompaña los viajes como una compañera silenciosa, lista para registrar aquellos lugares del mundo donde todavía habita la sorpresa. Fotografiar se convierte otra vez en un gesto libre, casi contemplativo.
Cada viaje trae consigo el descubrimiento de paisajes que parecen salidos de un sueño: ciudades antiguas, montañas que cambian de color con la luz del atardecer, mares que respiran lentamente frente al horizonte. Son lugares llenos de magia, donde uno recuerda que el planeta que habitamos es extraordinario.
Y en cada uno de esos lugares, la fotografía vuelve a cumplir su papel más simple y más profundo: recordarnos que la belleza existe y que, si aprendemos a mirar con calma, siempre está allí. Porque al final, más que una profesión o un pasatiempo, fotografiar es una manera de agradecer al mundo por todo lo que nos ofrece.
Disfrutar este mundo ha sido un “golpe de suerte”